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Los Watersheds

Latrocinio desde la Bahía

Tener un «watershed«: “Momento vital -buscar en el “Shazam” no entra en esta definición de acto vital y narrativo y sí de espionaje- totalmente aleatorio, que abre la puerta a un universo musical, literario e histórico desconocido”.  

Ayer lo vi bajarse de un coche sobre las dos del mediodía, para pisar el terso y cálido lienzo curtido por el sol de invierno -ese al que tan bien canta Josele Santiago en su Lecciones de Vértigo– que empapaba los distantes veinte metros del encerado que le separaban del portal del bloque donde vive su madre. Vestía pantalones militares, camiseta oscura de manga corta, gafas de sol y en una mano portaba una zamarra: escudo protector  contra la antítesis climática del sol de invierno en las heladas mañanas en las estribaciones de Sierra Morena Oriental. En la otra mano llevaba una mostela de espárragos de piedra; ese manjar que el sol de diciembre regala tras un otoño lluvioso, en el que las nubes toman unos días de asueto para que el astro rey caliente la tierra y, por ende, las esparragueras; y, en pocos días, ese caviar alargado y de verde intenso nacido junto a la espinosa planta pueda disfrutarse frito con un buen acetite de oliva, con un huevo frito o estrellado.

Él -como muchos otros hombres del monte mediterráneo- es un personaje real del Oliva Western: género socio-antropológico que arropa musicalmente Guadalupe Plata con su personal sincretismo sonoro que habita en los famosos cerros de su ciudad , desde los que se perciben notas no tan lejanas del blues del Mississippi, del flamenco y, allá en la lontananza, de Ennio Morricone. Algunos de esos hombres fueron bandoleros; y los pastores y cabreros, nuestros vaqueros. Y algunos, convertidos en pistoleros, persiguieron a los maquis; y otros fueron maquis. A falta de bisontes, alces, coyotes y castores, cazaban y cazan: jabalís, ciervos, perdices, gatos monteses, conejos, liebres y zorzales.

“¿Y quién es él?” Con sus brazos al descubierto, entregados al pintor solar, observo por primera vez que luce unos tatuajes en la parte superior de su antebrazo y alrededor de su codo. ¿Símbolos tribales de convivencias entre tribus del siglo XX? ¿Marinero urbano en un océano de olivos? Quizá White Trash de corazón serrano criado en esa Movida desconocida de los pueblos de Andalucía Oriental. Vivió en los primeros noventa en Londres. Y ha pasado muchos años en un país europeo de fuerte tradición marinera y protestante, tanto calvinista como luterana -hoy su sociedad se declara atea, “gracias a Dios”, cómo afirmaba don Luis Buñuel-, condición esta que ha marcado en gran medida su tensa relación con sí mismo.

Y ahora, cercano a la cincuentena, ha oído alto y claro el Sierra Morena Calling: canto ancestral de sirenas de ulterior que cabalgan témpanos de rocío madrugador en el valle del Alto Guadalquivir. Ha regresado al terruño jienense de los campos de bellota, jara, lentisco, hinojo y olivo, que sin lugar a dudas es su hábitat natural y espiritual.

Pero sobre todas las cosas, es uno de los varones más apuesto por estos lares. (Lo espeto desde la masculinidad que reclamamos los hombres GTBIQ…, por una condición humana en el que la palabra  «macho» sólo se entiende en el contexto de una clase biológica para referirse a los ungulados y los úrsidos, y no como un arma gramatical llena de testosterona y méritos inmerecidos y crueles). Él es un James Dean íbero de cabellera azabache que ahora está tornándose alba con la cercanía a la mitad de la centuria. Es un Robert Mitchum o Humphrey Bogart de la dehesa urbana que actúa en películas nunca filmadas; simplemente vividas bajo esos valores cinematográficos que interpretaban aquellos santos galanes, y que, en su caso, son tan reales como comprometidos.

Por hache o por be, más o menos he seguido -y sigo- su biografía todavía no escrita, pero rica en vivencias: lo doy por seguro. Por causas consustanciales a la densidad poblacional de una localidad pequeña del noreste andaluz, y por la probabilidad de compartir amigos (soy amigo de su hermana pequeña), familiares o conocidos (el cuñado de mi amigo es su mejor amigo), así como hueco en la barra de un bar o concierto, me resulta fácil indagar en sus tribulaciones on Planet Earth. Lo que él no sabe es que, gracias a sus descubrimientos musicales allá en el Londres de principios de los noventa donde: Kevin Shields gestaba su Loveless, Seefeel lanzaba su Quique, The Orb ya andaba con el Ambient y Blur le daba duro al Brit Pop, estaba lanzando un mensaje musical al universo cuyo testigo fue recogido por mi gran amigo Oxímoron Montoro, al que le llevaba -y lleva- casi diez años.

“Grunge en la escarcha” El lugar designado para la entrega de ese testigo sonoro fue el Boomerang: el garito de Antón, el  amigo de nuestro Jean Dean; situado en esta Comala de Andalucía donde el luto todavía ejerce de protector factor cincuenta contra el calor achicharrante en las lindes del averno y el anís quema y refresca el pecado original al ritmo de rock and roll.

El mensaje musical se llamaba “Watershed, y lo firmaba Grant McLennan.

Oxímoron -Oxi, para los amigos, y mi más querido cicerone musical y humano- fue quien me transmitió esa querencia por el haiku musical: minúsculos milagros musicales que él denomina “Watershed” (su traducción al español sería: punto de inflexión o momento crucial) por la historia que rodeó a ese disco iniciático, que él escuchó en el formato del momento: el cedé. No hay término anglosajón que defina más acertadamente todo lo que conllevó aquel cedé para el devenir emotivo de mi amigo en su trayecto diario por las veredas, cañadas y caminos a través del calendario gregoriano.

Han pasado veintiocho años desde que Grant McLennan grabara en solitario su primer elepé en Sydney,  en 1991. El disco pasó sin pena ni por los charts australianos y anglosajones;  pero allá en los cielos del universo rock-animista, en el que Jeff Buckley, Debussy y Sister Rosetta Tharpe ejercen un triunvirato presidencial, Lemmy y Bowie son secretarios de Estado, Nico y Mark E. Smith son ministros de Cultura, y Camarón y Richard Swift (antes de abandonarnos el año pasado año a muy temprana edad nos dejó “The Hex”, una joya musical para la que todavía no hay medida de masa que pueda valorarla, ya que el quilate se queda muy corto) trabajan como embajadores ante la ONU en la estratosfera, acordaron por decreto que ese “Watershed” sería la banda sonora de un novela musical muy especial.

En los primeros años noventa Oxi solía ir al Boomerang los viernes y sábados sobre las once de la noche -cuando todavía estaba vacío-, mientras sus amigos andaban echando litros y cumpliendo con los menesteres propios de una adolescencia vivida en esa última década del siglo. Él y Antón -dueño y pinchadiscos- escuchaban con detenimiento todo ese arsenal musical que este pincharía después cuando el garito estuviera hasta la bandera. En esas horas antes de que estallaran los hits del momento sonaban para unos pares de oídos: REM, The Smashing Pumpkins, Green Day, Weezer, Pearl Jam, Pixies, Stone Temple Pilots, Beck, Sonic Youth, Lemongrass, Veruca Salt, Dinosaur Jr., Joy Division, New Order, The Cure, Pulp, Blur, Echobelly, Terrorvision, Porstihead, Morcheeba, The Bluetones, James, Supergrass, Oasis, Elastica, Bush, Jesus and Mary Chain, Primal Scream, Teenage Fanclub, El Inquilino Comunista, Automatic, Los Planetas, O91, Nosötras, Surfing Bichos, Dover y toda la artillería pesada del momento.

Un día Antón -cuando Oxi ya había sido inoculado por ese sano virus que se manifestaba en forma de fiebres musicales- le mostró con gran entusiasmo a mi amigo un cedé que le había traído su amigo Pascual de Londres. En la portada aparecía un tipo con una gorra roja de los San Francisco 49ers sentado en el sillón de una barbería, con la cara embadurnada con espuma de afeitar, listo para ser rasurado con maestría; y con su mirada de soslayo hacia la cámara. Escucharon el disco mientras intercambiaban tanto opiniones musicales como imágenes de ese Londres que llegaba por valija diplomática en forma de cedé misterioso y las pinceladas que Antón descifraba de la narración de las aventuras y desventuras de su amigo Pascual en la ciudad que tan bien han contado Dickens, Wilde y Orwell, y en la actualidad hacen Hanif Kureishi, Zadie Smith o Nick Hornby. Fue un flechazo a primera escucha desde la inicial “When Word gets around”, la intimista “Stones for you”, y ese precioso cuento musical dedicado a una mula negra, “Black Mule” . Antón ya tenía grabada de antemano una casete con el trabajo de McLennan -un desconocido para los dos- conocedor de las ansias de su joven feligrés; y puede que intuyera que aquel disco sería la génesis de la escritura de una gran historia: no iba descaminado.

Y en 2001 -después de terminar la universidad- Oxi marchó a Edimburgo para mejorar su inglés guerrillero -hacer su Erasmus alternativo, le gusta reseñar- y vivir en sus propias carnes ese paraíso musical que su imaginación había construido en torno a la pérfida Albión. Por ello, lo primero que hizo en sus primeras semanas fue buscar en las tiendas de música de la capital de escocesa: no el esperado “Is this it?”, de los The Strokes, el “Rock Action”, de Mogwai, o el primer disco de B.R.M.C., sino el “Watershed” de Grant McLennan. Suma fue la alegría que se llevó cuando no sólo encontró lo que buscaba sino que también halló “Fireboy”, el segundo trabajo del australiano que  publicó justo un año después, en 1992. Ello le dio alas a pensar que desde luego el tal “aussi” no era un desconocido, al menos en la isla.

“Bollywood Connection”  De aquel año y medio en Escocia se trajo el recuerdo de las noches escuchando la colección de vinilos de su compañero de piso inglés en el living room, con la luz del ecualizador analógico del equipo de música como única fuente lumínica; tras esas noches bizarras trabajado de kitchen all (Porter, Assistant and so on) en un restaurante mexicano regentado por un abogado de Singapur y Seagel -sí, el mismo nombre que el del celebérrimo actor justiciero, “máquina” de las artes marciales y músico-, cocinero indio con problemillas con la uva fermentada al mando en las sartenes. En esa colección encontró álbumes con los que deleitarse y emborracharse de melodía y riffs: The Smiths, The Velvet Underground, The Wedding Present, Spacemen 3, The Stone Roses, The Fall, Happy Mondays, los galeses Gorky’s Zygotic Mynci, Belle and Sebastian, Money Mark (proyecto del músico y productor californiano Mark Ramos Nishita, más conocido por sus colaboraciones con Beasties Boys) y Quasi (la banda del matrimonio formado por Janne Lee Weiss,  baterista de las todopoderosas Sleater-kinney, y su marido Sam Coomes).

Ricardo -su compañero inglés de origen portugués- era amigo íntimo de Martin Noble: guitarrista de Bristish Sea Power. Ambos tocaron juntos en sus años de high school en varias bandas en su Leeds natal. BSP se formó en Brigthon; y en 2001 trabajaban en su primer disco: The Decline of British Sea Power, que publicarían en Rough Trade en 2003. Aquel primer disco fue famoso por intensas composiciones de pop-rock como “Remember me” o “The Lonely”. Mi amigo fue testigo privilegiado de aquellas primeras demos que Martin enviaba a su amigo Ricardo en Edimburgo. Hoy Bristish Sea Power es una banda consolida dentro de la escena pop-rock de las islas y destacada por trabajos arriesgado y eclécticos, como esas profundas joyas músico-etnológicas tituladas: “Man of Aran” (2009), dedicado a los habitantes de las islas Aran, localizadas en la costa oeste de Irlanda, y Sea of  Brass (2016), un disco compuesto al alimón con un una orquesta de metales que ameniza y sonoriza un trepidante tour por los profundos confines acuosos del Planeta Azul.

Ya de vuelta a la península ibérica, Oxi se lanzó a tumba abierta a la aventura del conocimiento musical autodidacta comprando mensualmente el Rockdeluxe y, a veces simultáneamente, el Ruta 66. Leía todos los dimes y diretes salidos de notas musicales. Hoy podríamos dilucidar en un nanosegundo quién es el tal Grant McLennan, pero por aquel 1995 las conexiones musicales eran menos «BOLTicas» (todos tenemos derecho a inventarnos vocablos, ¡no es la lengua viva!; y este deriva de Usain Bolt, aunque Oxímoron se confiesa mucho más admirador de Carl Lewis, el Hijo del Viento). Si hoy nuestras pesquisas musicales ofrecen la ayuda de “Nuestra Santísima Virgen de la Wikipedia” ipso facto, hace veinticinco años, ante la emoción que provocaba un disco que abrigaba o iluminaba una desabrida adolescencia, una o uno se dedicaba a su escucha sin condiciones ni prejuicios ni etiquetas, o al menos, ese era el espíritu.

“Goretex jienense” Daba igual que Grant McLennan fuera suní, chiita, sufí, cristiano ortodoxo o copto, protovegano, hippy, hincha del Nottingham forest o entusiasta gaucho fan de Chico Sánchez Ferlosio (atentos a la reedición de “Canciones de la Resistencia Española, 1964”, que ha reeditado el Clarté Madmua): siempre el continente venía primero que el contenido. Los discos por entonces eran para él un emocionante páramo para nada yermo musicalmente hablando. Significaban -por hacer un símil- lo que para el senderista supone caminar por esa sobrecogedora altiplanicie kárstica y lunar única en España llamada: Los Campos de Hernán Perea, situados a 1.600 metros, en el interior del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas; o para hacer más viajera la emoción: deambular por los moors de Cumbres Borrascosas, esos páramos verdes en el condado inglés de Yorkshire en los que se inspiró Emily Brönte. Hoy la investigación de esa emoción musical -por la urgencia y prontitud de los tiempos- la encontraríamos, por seguir con la metáfora natural, con caminar por El Retiro o Hyde Park, no muy lejos de los límites de la señal de internet y de la velocidad urbana.

Así que pasaron unos cuantos de años hasta que el tiempo y la investigación dieron respuestas y configuraron el contenido de aquel hombre llamado Grant Mc Lennan. Primero vino Robert Forster: ese Brian Ferry australiano, creador de perlas pop, y poseedor de un cuero cabelludo -como el del gentleman inglés- que sería calificado de «talibán» por esas hordas de fanáticos devotos que peregrinan hoy a Turquía -como si de los milagros de la Virgen de Lourdes se tratase- para renegar de su fe en Mr. Proper. ¡Claro, que si cada fiel le ingresara 2.500 eurazos a la Virgen de Lourdes  (se rumorea que ese es el coste de la conversión) tendríamos que ver de lo que sería capaz de lograr la demandada virgen de francesa! (No mencionamos en estas líneas el “pelazo” del Nick Cave ya que, tanto mis amigos como yo, dudamos de la autenticidad de esa cabellera azabache. Nick es un tótem en el mundo del rock por su prurito: «Antes muerto que sencillo», y socio accionista de Just for men).

“Bacalao aussi”  Fue investigando acerca de la carrera artística de Robert Forster como Oxi llegó a lo que para él fue una auténtica epifanía: Robert Forster y Grant McLennan eran los miembros fundadores y líderes de The Go-Betweens:

Una de las bandas de pop-rock australiano más influyentes y reverenciadas tanto en su tierra como en Gran Bretaña, en aquella vibrante escena de los ochenta, en el país del koala y de diminutas arañas capaces de abrirte un cráter en las extremidades con un pequeño mordisquito, de la que formaban parte The Triffids, The Church y INXS. Ambos formaron el grupo en 1977 en su Brisbane natal.

Los muchachos se conocieron en la faculta de Bellas Artes y fue Forster quien animó a Grant a que expresaran sus inquietudes artísticas por medio de composiciones musicales. Como muchas otras bandas jóvenes eran “Ego” Foster y “Ego” Grant quienes pinchaban y cortaban el bacalao. Y esos revoltosillos e impetuosos egos hicieron que durante la década de los ochenta pasaran por sus filas números músicos (el excelente y honesto documental The Go-Betweens: Right Here, de 2017, cuenta las verdades, sentimientos y miserias de la banda; y el porqué de su poco éxito a pesar de ser hoy en día una de las bandas de pop más admiradas), aunque en unos números de deserciones y renuncias en la línea de bandas como la de su paisano Nick Cave and The Bad Seeds. Pero muy lejos del “rey del despido”: Mark E. Smith y sus The Fall.

Aunque la testosterona mandaba en la banda, The Go-Betweens fue una de los pocos grupos en el pop-rock de los ochenta que contó con el género femenino en su formación. Lindy Morrison fue baterista entre 1980 y 1989 -y uno de los miembros más longevos en la banda de Robert y Grant- cuando, en plena época post-punk, los ejemplos de mujeres bateristas eran los mismos que la probabilidad de avistar hoy en día a una Foca Monje del Mediterráneo (Monachus monachus), es decir: una o ninguna. La excepción que apuñala esta afirmación la encontramos en la melillense Paloma Romero, más conocida como Palmolive, que fue la batería The Slits y The Raincoats:  dos de los grupos estandartes del movimiento “Riot-grrrls”, que en los noventa liderarían míticas bandas como Bikini Kill, L7 o Babies in Toyland. Y si Morrison estaba al cargo de la percusión, Amanda Brown se encargó, entre 1986 y 1989, de aportar finas capas ornamentales de violín, oboe y piano en Tallulah (1987) y 16 Lovers Lane (1989).

Si los señores Forster y McLennan representaban la bonhomía pop-rock australiano, sus compañeros de quinta: Roland S. Howard, Nick Cave, Tracey Pew y Mick Harvey berreaban que daba gusto y ejercían de santos “malotes” y diáconos punk-rock para -unos años más jóvenes- Jim White y Warren Ellis. De hecho Oxímoron me contó que -ya como The Birthday Party– Nick y sus acólitos desembarcaron por las mismas fechas que The Go-Betweens en ese trepidante Londres de principios de los ochenta; aunque los menesteres de unos y otros, los lunes por la mañana temprano se pueden imaginar bastante dispares. Mi cicerone me amplió esa información, obtenida de sus múltiples lecturas, añadiendo que el único que ponía un poco de orden en el apartamento de Earl Court –donde se alojaba La fiesta de Cumpleaños en los primeros años de su aventura europea- era el bueno de Mick Harvey; quien hoy está ya al margen de The Bad Seeds y más enfocado en su trabajo en solitario y colaborando habitualmente con la que para muchos la verdadera reina de Inglaterra: Polly Jean Harvey.

“Yo la tenía” Justo en el tiempo del descubrimiento del enigma detrás de Grant McLennan,  Oxi andaba escuchando tanto el emocore español de Standstill, la interesante escena de Chicago que abanderaban Wilco, Tortoise y The Sea and Cake, el rock gótico de 16 Horsepower, el rock-garajero del carismático y polifacético gentlmen Billy Childish and The musicians of British Empire, así como a los argentinos Soda Stereo, de Gustavo Cerati. Y mucho Yo la Tengo. Sería justo en la gira de presentación de su Summer sun, en la madrileña sala Aqualung, cuando mi amigo tuvo la oportunidad -justo cuando las pesquisas tras la biografía de The Go-Betweens estaban ya dando forma a un verdadero relato musical- de verles en directo ejerciendo como teloneros de los de Hoboken.

Pero justo al poco tiempo de ese concierto, en un movimiento raudo y fulminante, la parca se llevaba a sus lares al protagonista de esta historia: Grant McLennan moría en 2006 a la edad de 48 años de un ataque al corazón en su casa en Brisbane. Dejaba nueve álbumes de estudio y composiciones como “Cattle and Cane”, una de las canciones más representativas de su banda y un himno generacional para muchos australianos. Forster y McLennan habían vuelto a los escenarios a comienzos de siglo después de disolverse a finales de los ochenta. Ambos querían volver a los escenarios con las chicas (Morrison y Brown) pero estas contestaron cortésmente a la invitación exclamando:¡¡¡¡Ja me maaten!!!!; al parecer salieron más que escaldadas y ofuscadas en la primera etapa de la banda, donde grabaron seis discos de estudio.  Entre 2000 y 2006 Forster y McLennan grabarían tres discos más, destacando “Friends of Rachel Worth”, el primero tras su regreso y grabado en Portland (Oregón) con la participaron de Sleater-Kinney y Quasi.

Con su muerte la historia de la banda se cerraba a cal y canto, justo cuando Oxi me despertaba la euforia por ellos y me adoctrinaba sobre la necesidad de escuchar y analizar sus discos, donde él encontraba reminiscencias melódicas y rítmicas de Kronos Quartet, en “The House of Jack Kerouac”, el dream-pop de Couteau Twin, en “The Wrong Road, ese spoken word  de “River Money”, que podían haber firmado sus colegas The Birth Party;  y me sigue espetando todavía: “No escuchas a New Order y Echo and the Bunnymen en “Cattle and Cane”, Carmela” o “No te sugiere, Streets of your town a los The Smiths”. Y él tiene la pseudo-teoría de que The Proclaimers se inspiraron en “Right here para componer su “I´m gonna be (500 miles)”, canción con la que los australianos abrían “Tallaluh” y que editaron un año antes de que la canción de los escoceses copara las emisoras de radio. No le falta razón a mi amigo cuando continúa con sus alharacas hacia  la banda “aussie”; tanta que con los años  ha conseguido que también yo sea un acérrimo fan de los australianos.

La muerte de McLennan causó en Oxímoron el mismo colapso emocional al que sus amigos se vieron expuestos cuando Kurt Cobain dijo: “See later, alligator, in a while cocodrile”. Gracias al bueno de Kurt sus amigos pudieron aplicarle el protocolo de primeros auxilios para un fan compungido, pero adaptando aquello que ellos sufrieron en la adolescencia a la edad adulta de su colega, ya que a él Nirvana ni le volvía loco para partirse la camiseta ni para romperle a todas las sudaderas y chaquetas los puños para meter el dedillo gordo por el agujerillo: costumbre muy común  entre la muchachada grunge de los noventa. En esos tiempos él vertía su emoción en ese “Watershed” y el sonido Manchester. Grant expiró, pero su primer disco todavía tenía mucha narrativa para quedar fijada en la memoria.

“Cetáceos Mods” Pasadas las fiebres por los australianos continuó navegando empujado por los cantos de todos los ritmos y “beats” de los océanos musicales. Y si en 2001 Oxi atracó en tierras escocesas, en 2010 su rumbo lo llevó a esa ciudad que en tiempos anteriores a la electricidad fue iluminada con grasa de ballena durante muchas décadas de luz en Londres y oscuridad exterminadora en los océanos; y donde se combatía a una infatigable y persistente  lluvia con paraguas fabricados con las barbas de cetáceos. Una ciudad donde sus calles han localizado una importante historia de la literatura y música universal. Ante el dilema: Should I stay or should I go, Oxi siempre perjuraba que en Londres: Must I Stay. Pero llegó en tiempos de carnívora gentrificación. Se encontró con una urbe arrojada a las fauces de los especuladores, a las mafias rusas y las monarquías del petrodólar. Aquellos tres años y medio en el Greater London fue un época en la que investigó en el sonido Shoegaze y las jóvenes bandas por entonces que tejieron ese personal, único y original  estilo con el que revisaban el legado de la psicodelia y el folk de las islas de los sesenta y setenta. Hablamos de: My bloody valentine, Slowdive, Ride y Lush.

Por motivos laborales Oxi tuvo que ir unos días a trabajar a Reading, ciudad dónde se formó Slowdive. Siguiendo ese impulso del fan, y de la “memorabilia”, aprovechó  un descanso para ir a la busca y captura de un LP o 7” de la banda liderada por Neil Halstead (formaría junto a Rachel Goswell y Ian McCutcheon, también ex-Slowdive, el proyecto de dream-pop Mojave3). (Algo que Oxi me ha confesado en muchas ocasiones es que los “Watershed” nunca te abandonan, y en el momento y lugar menos esperado asaltan tu tranquilidad). Rebuscando entre los vinilos de una tienda situada en una de esas galerías cubiertas de diseño clásico tan comunes en Gran Bretaña,  de repente, quedó deslumbrado por la imagen agrandada de ese señor con su gorra de los 49ers y la cara llena de embadurnada con espuma de afeitar. Me relató que vivió ese momento como un señal divina, como lo es una aparición para el seguidor de una religión monoteísta. Se sentía como un marranillo en un charco con su vinilo. Pero el destino le tenía  preparado un intrincado argumento para ese hallazgo que le otorgaría poder celestial a un simple objeto material.

Durante esos tres años en Londres, Oxi viajó con asiduidad a Berlín para visitar a una de sus  mejores amigas, compinche y co-autora de muchos de sus expedientes musicales. Por impulsos basados en el cariño, respeto y complicidad, él decidió que ese vinilo debería tenerlo Marion, su amiga. Al fin al cabo ella ha formado parte y ha sido parte implicada en ese universo musical en el gravita mi amigo. Gracias a Marion se enamoró de Echo and the Bunnymen y Throwing Muses, The Brian Jones Massacre y Mac De Marco. En el viaje en el que él tenía que hacer entrega del disco, a modo de dádiva, tuvo que hacer noche en el aeropuerto de Stansted.

“Ataque preventivo en Stansted” Su vuelo para Berlín salía muy temprano por la mañana. Y probablemente, si no es con total seguridad, en ese ataque terrorista contra las melifluas fronteras del sueño rutinario cuando uno echa arrojos para dormir en un aeropuerto, donde después de una borrachera de duermevela, se despabila y se encuentra en un escenario más parecido a la calle Preciados de Madrid un 23 de diciembre por la noche -por la cantidad de gente en movimiento y actividad comercial, donde la zona hacía un hora parecía un campo de batalla aséptico habitado sólo por operarios y cuerpos desparramados por los suelos o atrincherados en bancos a la espera de algo de acción-, se encaminó a su puerta de embarque dejando algo atrás.  Embarcó, se sentó y se relajó. Y justo cuando comenzó la feria de venta de bebidas, comidas, cosméticos, lotería, y hasta el infinito y mucho más, de un vuelo rutinario en una compañía aérea low cost, Oxi reparó que la bolsa con el “Watershed” se quedó en algún lugar del aeropuerto del noreste de Londres.

Entre la resignación y la esperanza, en el sentido de la responsabilidad del anglicanismo de las islas, imaginó un escenario en el que a la vuelta recuperaría ese objeto tan importante para el devenir de su mundo literario musical. Así fue como de regreso de la capital del Spree a la capital del Támesis telefoneó con premura  a la oficina de Lost Property de Stansted. Y la respuesta al otro lado del teléfono fue un Yes, que, si no fue rotundo, a él le resultó el Yes más sonoro, positivo, afirmativo y hermoso en las últimas décadas. El viaje al aeropuerto para recuperar el vinilo lo realizó con el nerviosismo de quien ha canjeado la ansiedad y pesadumbre por el error o falta cometido por una valiosa segunda oportunidad, que otorga al esperado momento del reencuentro de la épica del rehén liberado o del náufrago que vislumbra, en el brumoso horizonte, el gris rocoso de los acantilados en un mar por fin calmo.

Era su primera visita a un aeropuerto para un trámite anormal para el lugar, sin tener que pasar controles ni deshacerse de elementos líquidos o afilados. (Oxi me confesó un día que siempre lleva en lo alto una navajilla que su padre le regaló, en  debido cumplimiento del precepto del bandolero urbano). Recuperó en la oficina de Lost Property su “Watershed”; y esa emoción ya casi olvidada y perdida de la recogida de una postal, una carta, o un paquete a tu nombre en la estafeta de correos. Un objeto tangible franqueado con una emoción identificable, perdurable y verídica. Entre sus manos, en el autobús de vuelta, tenía un elepé y una minúscula odisea homérica en su imaginación. El instante lo consagró a fabular si habría sido el mismísimo Grant McLennan quien había ordenado desde allí en los cielos que su legado siguiera vivo, a través de estas microhistorias protagonizadas por ciudadanos anónimos vestidos con escafandra para resistir el ímpetu de estos tiempos acelerados y deshumanizados.

Oxi pudo darle el final que había imaginado. Después del inciso trágico cómico en Stansted, entregó, casi con honores, el objeto circular a su amiga Marion en su siguiente visita a la capital teutona. Y allí descansa, en una ciudad que como ninguna posee la definición de “Watershed” en la historia contemporánea y en la biografía de tantos y tantas artistas que desde Joseph Roth, Otto Dix, George Grozs, Isherwood, Nina Hagen, Ute Lemper, Blixa Garbeld, David Bowie, Iggy Pop, Wim Wenders o Nick Cave y tantos otros que pasearon y rehabilitaron hazañas en una ciudad que como ninguna otra comprime la geografía y la enciclopedia humana en un rincón arenoso de Centro Europa.

“Abiótica y biótica musical” Esta fue la historia que decidí que merecía la pena ser contada cuando me llegó el encargo de unos amigos para colaborar en su nueva aventura musical en internet. Cuando andaba redactando el primer esbozo de esta historia estaba seguro que el final terminaría en la Urban Strasse, 50 de Berlín, como Oxi me había narrado. Pero una noche, cuando estaba atascado en la redacción del artículo, decidí airear la mente. Fui al Cambalache: el pub que desde que el Boomerang cerró en el otoño de 1996 tomo el relevo como ágora nocturna y cubierta para Oxi y sus amigos. Y allí andaba yo tomando una cerveza y departiendo con los feligreses sin credo confesado, más allá del placer compartido por el calor sanador de unas ascuas musicales y un caldo destilado, cuando de repente entró nuestro Robert Mitchum serrano. No tuve más remedio que -a falta del símbolo con el que persignarme dada mi falta de fe en un único dios- intuir la invocación del mismísimo destino u otra corporeidad celestial pagana, al presentar en aquel justo momento al maestre que podría cerrar la cuadratura de esta historia entorno al “Watershed”.

Lo saludé educadamente pero con un nudo en la garganta sólo perceptible para mí. Se colocó al final de la barra. Al cabo de unos minutos veinte minutos, cuando observé que estaba tranquilo tomando una cerveza y pensativo, me excuse para ir al baño. Ya de vuelta y con el alivio de la necesidad fisiológica cumplida, me armé de valor para tomar la determinación de averiguar la razón que le llevó a regalarle a Antón aquel disco de Grant McLennan. Lo cierto es que durante estos años hemos intercambiado pocas palabras, y siempre en conversaciones en las que han estado amigos comunes que nos conectaban, pero en esta ocasión la charla entre ambos se alargó casi tres horas, en las que hablamos de la vida en el extranjero, de Sierra Morena y de los factores bióticos y abióticos del madroño y la encina.

Sabía que el momento requería las más finas técnicas periodísticas para sonsacarle la información. (Por fin lograba  tener  la ocasión de charlar con pausa y tranquilidad, sobre los avatares de una interesante vida, como Oxi y yo muchas veces hemos aventurado). Pascual también me habló de las religiones abrahámicas, de su extraordinaria condiciones físicas para el buceo -me explicó que realizando el servicio militar en la marina le detectaron que tenía doble pleura, lo que le hacía un ser humano único en la especie para las actividades subacuáticas. Si esa aseveración es una leyenda o una realidad es lo que hace grande al personaje en sí- y de lo dura que es la vida lejos del olor a leña de encina y olivo que impregna su alma.

“Latrocio, desde la bahía” Y llegó el momento justo en el que vi la gran oportunidad de pedirle su opinión acerca del Londres en el que vivió en los años noventa y aquél que yo construía  a través de las crónicas que de la ciudad del Támesis me había hecho mi amigo. Fue entonces cuando se lanzó a narrar con un tono nostálgico aquellos años  salvajes en los que él y su hermano menor, Pablo, vivieron el Londres de las house parties, de un East End peligroso, poco trendy y nada hippster. Hoy la nueva versión de Jack the Ripper seguramente llevaría bigotillo, Rebook pump, bebería flat white con leche de avena, escucharía Foals, James Blake y Grimes y comería hamburguesas de quinoa y beetroot caminando por Brick Lane.

Y así fue cómo le conté todas las tribulaciones que habían nacido de aquel cedé que le regalo a Antón “Boomerang”. Y llegó la confesión. Pascual me relató que él ni conocía ni había escuchado el cedé; simplemente formaba parte del botín obtenido por un tipo gaditano que les cogió cariño a él y a su hermano, y los arropó en la ciudad, y que, según contaba, había desertado del ejército español. Al parecer el contumaz soldado andaluz andaba metido en asuntos turbios. Según me desgranaba Pascual, un día estaban en el piso del díscolo soldado en Candem Town cuando este sacó de varios sacos unos puñados de cedés que les regaló. Ante la sorpresa y curiosidad que mostraron los chicos de Sierra Morena, el gaditano les dijo que sus chicos robaban en las casas de gente rica por los alrededores de Candem Town y Notting Hill. Eran los tiempos del auge del cedé y para los cacos a su mando los cedés debían tener su valor, al proceder de los gustos melómanos de los habitantes de zonas acomodadas del centro de Londres. Así que la historia acerca de “Los Watersheds” tiene su origen en el latrocinio de un desertor de la bahía de Cádiz, que no exento de generosidad y paternalismo, arropó a dos chicos de Sierra Morena Oriental en tiempos del “London Calling”. ¿Mito o leyenda? Ahora esta historia pertenece a usted, querido lector.  Aquí en la Tierra como en el Cielo.

 

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