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Por los caídos de Seattle (I)

Observen la imagen en toda su desolación. 26 de mayo de 2017, día del entierro de Chris Cornell. Jerry Cantrell, guitarrista de Alice In Chains, se está quedado a solas, tras el sepelio, frente a la tumba de su amigo. Nos atiborramos a diario con miles de fotos pero cada vez es más complicado encontrar una tan real y conmovedora.

Resulta imposible saber lo que estaría pensando el señor Cantrell pero es creíble suponer que, en algún momento, dejaría un hueco a la nostalgia, como único alivio contra el dolor y la tristeza. Nostalgia de aquellos años en los que eran los reyes del mundo. Dolor por los muchos amigos que había enterrado desde entonces.

El grunge es, para muchos, el canto del cisne del rock como movimiento. El último que supo definir una generación y que ha dejado para la historia un volumen considerable de discos clásicos. El que respondió con crudeza a toda la superficialidad FM que había marcado los años 80.

Durante un lapso de tiempo, el rock dejó de ser un movimiento hedonista y se transformó en algo más tenebroso e introspectivo.

Esto dio lugar a un perfil diferente de rockstar. Los grandes nombres del grunge provenían del underground y tenían una fuerte conciencia social. No vivían una fiesta permanente, no se acostaban con groupies y no hacían concesiones comerciales de ningún tipo. Entre otras cosas, porque tampoco estaban especialmente interesados en la fama (“A veces me veo en la portada de una revista y pienso que ese tipo es un gilipollas”, decía Eddie Vedder) y resulta mucho más jodido comprar a quien no tiene ambición.

Hubo, sin embargo, otro elemento habitual de la mitología rockera que sí que siguió estando muy presente: la droga. Especialmente la heroína, la menos sociable y más mortífera de todas. La que terminó llevándose por delante a buena parte de aquella generación.

El índice, en concreto, de fallecidos entre los líderes de aquellas bandas es enorme. Demostrando, en el fondo, lo real que era la oscuridad que se sentía en el alma de aquellas canciones.

Este es un homenaje, en tres partes, a todos los líderes caídos de la generación grunge.

 

Andrew Wood (1966-1990)

La muerte estuvo muy presente en el grunge desde sus mismos cimientos. Se puede decir que el grunge nació, en realidad, como un ritual de despedida a alguien que se fue demasiado pronto.

Desde la perspectiva actual, resulta curioso que el homenaje lo inspirase una persona tan luminosa como Andrew Wood, líder de Malfunshank y Mother Love Bone.

Wood era un tipo cuyo glamour, sentido del humor y talento despertaban admiración, hasta el punto de que muchos veían en él a un joven Freddie Mercury. Mother Love Bone habían entregado un fantástico debut, Apple, a punto de editarse y el futuro parecía muy prometedor para la banda.

Mother Love Bone
Mother Love Bone

Pero el 19 de marzo de 19990, Wood moría de sobredosis, tras luchar durante tres días por su vida. El disco ni siquiera había sido editado. Tenía 24 años. Fue un duro golpe para los músicos de Seattle. Habían perdido a un tipo lleno de vida que parecía estar destinado a ser una gran estrella.

Su amigo Chris Cornell se asoció con dos compañeros de MLB (Stone Gossard y Jeff Ament) y, sumando a Matt Cameron, Mike McCready y Eddie Vedder, le rindieron tributo con un escalofriante disco, Temple of the Dog, que desde sus primeros acordes sonaba a clásico.

Cornell lideraba por aquel entonces a unos tales Soundgarden. Los otros cinco se asociaron permanentemente con el nombre de Pearl Jam. Todos ellos serían estrellas de dimensión internacional poco después.

El grunge había nacido.

 

Kurt Cobain (1967-1994)

Durante este transcurso de tiempo, el movimiento ya había explotado en todas sus dimensiones. Los nubosos cielos de Seattle inundan las emisoras de radio y la MTV (los grandes transmisores de música del momento). Son las canciones de la Generación X, tan implacables y nihilistas como las obras del resto de personal a la vanguardia del movimiento (Quentin Tarantino, Bret Easton Ellis, David Foster Wallace…).

En 1994 ya teníamos a toda una nueva generación de bandas que habían creado una música, una estética y una nueva forma de enseñar el dedo medio al corporativismo y la globalización, los grandes enemigos del momento. Lo alternativo se había convertido en mainstream. Hasta las cadenas de ropa lanzaban líneas como la de esos jóvenes que, al igual que ahora, vestían como sus abuelos pero, al revés que ahora, lo hacían como respuesta a la fascinación por las marcas de los 80 (que resulta, en todo caso, ridícula en comparación con la actual).

Todo era responsabilidad de un disco: Nevermind, de Nirvana, que en 1992 había hecho saltar por los aires todo criterio anterior de comercialidad.

El 5 de abril, el líder del grunge se transformó en mito al volarse la cabeza con una escopeta. Llevaba días desaparecido tras fugarse de una clínica de desintoxicación y tenía una dosis ya de por sí letal de heroína en las venas.

Sus líneas de despedida resumieron la desolación interior que sentía Cobain viviendo en la cima del mundo. “Es mejor quemarse que apagarse” mencionaba, citando a Neil Young, el cual pasó a convertirse en el padrino del movimiento.

El siniestro sentido del humor de los 90
El siniestro sentido del humor de los 90

Sin lugar a dudas, fue la muerte que más impactó a los jóvenes de los 90, y resulta difícil explicar su importancia a día de hoy. En 1994, no había nada tan grande como una estrella del rock. Otros podían ser más famosos, o tener más pasta, pero nadie tenía semejante capacidad de influencia en su público. Era la generación de “un disco te puede salvar la vida” y, a pesar de que Nirvana fuese un fenómeno masivo, el nivel de conexión que muchos fans sentían con el atormentado Cobain pertenecía totalmente a la esfera de lo íntimo.

Por desgracia, y como le corresponde a una muerte ejemplar en los 90, transcurrió justo en el momento en el que la televisión americana empezó a dejar atrás cualquier barrera ética o del buen gusto, y la despedida se convirtió en un espectáculo mediático de primer nivel. Alimentado, en gran parte, por su viuda, Courtney Love, una de esas personas con la rara cualidad de suscitar el mismo sentimiento en todo el que la conoce (el desprecio).

Su muerte fue un severo latigazo para todas las bandas de moda en aquel momento. Cobain era una persona muy poco sociable pero dejó una gran sensación de pérdida. Su desaparición también fue un balazo para los demás. Eddie Vedder, al frente de la única banda que podía discutirles el liderazgo, cambió por completo su actitud en el escenario. El vendaval que se lanzaba de espaldas al público parecía de repente autista. Parecía que toda su energía se había ido por un coladero.

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2 Comentarios

  1. Muy buen artículo Juanjo!. Así a primera vista se me ocurre para la 2a parte, desgraciadamente, al cantante de Alice in Chains, Layne Staley, y el de Linkin Park, aunque este no creo que se pueda considerar como «caído» de Seattle….
    Una pena que nos hayan abandonado tan pronto….

    1. ¡Muchas gracias, Ignacio!
      Acabo de publicar la segunda parte. Al amigo Chester de Linkin Park, en efecto, no le considero de la movida, aunque fue una fatalidad en la que tuvo mucho que ver el suicidio de Chris Cornell.

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